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CLAVE

  • 7 jul 2018
  • 2 min de lectura

La mano de Juan hurgó en el bolsillo. Tomó las cotidianas tres llaves unidas por una argolla de bronce. La del trabajo, la del edificio, la del apartamento en que vivía. Pero por primera vez en 9 años, enredada entre los dedos, surgió una cuarta llave. La miró detenidamente. Era muy simple. Pequeña. Un mezquino metal la constituía. Probó a abrir con ella la puerta del edificio. No funcionó allí ni tampoco le permitió entrar a su casa. “¿Será del trabajo?”, se preguntó. No recordaba que nadie se la hubiera dado. Al otro día le preguntó a la sirvienta si la llave era de ella. “No, no señor”. Media hora después Juan intentó abrir con la advenediza la puerta de su oficina. No pudo. La insignificante llave no permitía el acceso a nada que él conociera. ¿Quién se la había dado? ¿Por qué estaba en el bolsillo de su pantalón? ¿Cuál era la puerta que no recordaba? Durante el primer mes de ser propietario de la absurda llave Juan la probó en las cerraduras de todas las casas de su vecindario. Por lo menos 400 domicilios. Y así continuó, mes tras mes, calle por calle, hasta cumplir 85 años de edad. Ya había olvidado cualquier cuestionamiento sobre la cuarta llave. Entonces, al introducirla mecánicamente en una cerradura, la puerta de la mansión se abrió de par en par, y Juan pasó a la sala, donde se sentó en un antiguo sillón. Escuchó el rumor de unos pasos. Alguien se acercaba. Lo saludó. “Juan, qué bueno verte”. Tomaron té negro toda la tarde mientras el sol fenecía tras los vitrales góticos de un gran ventanal


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